Según el Departamento de Estadísticas e Información de Salud (DEIS), más del 75% de la población chilena presenta algún grado de malnutrición por exceso, entre sobrepeso y obesidad. Sin embargo, hay señales alentadoras: entre 2019 y 2024, la obesidad en menores de cinco años aumentó solo un 3,8%, y entre 2023 y 2024 apenas un 0,1%. Esta desaceleración sugiere que las medidas de prevención comienzan a tener efecto, considerando que la obesidad infantil suele proyectarse hacia la adultez.
Este avance se explica por el trabajo conjunto del Ministerio de Salud, el Ministerio de Educación y programas como JUNAEB, JUNJI y PAE, que han fortalecido la educación alimentaria y la vigilancia nutricional. La regulación del entorno escolar -que limita alimentos altos en azúcar y grasa- también ha contribuido. Hoy, cerca del 60% de los niños menores de cinco años tiene un estado nutricional normal, lo que muestra que los esfuerzos preventivos comienzan a rendir frutos.
En cambio, en los mayores de 15 años la situación se mantiene crítica. Siete de cada diez personas presentan sobrepeso u obesidad, y las mujeres concentran los índices más altos (33% frente a 28% en los hombres). Este fenómeno no ocurre de forma aislada: la obesidad se asocia con enfermedades como diabetes tipo 2, hipertensión y dislipidemia, formando una “sindemia”, es decir, la coexistencia de patologías agravadas por condiciones sociales y económicas desfavorables.
La falta de acceso a alimentos saludables, el sedentarismo y la desigualdad social agravan el problema. Muchas personas solo caminan al trabajo o colegio, muy por debajo de lo recomendado, y el estrés, el poco tiempo y la escasa prevención médica refuerzan estos malos hábitos.
Las mujeres enfrentan además factores biológicos y socioculturales que aumentan su riesgo. Los cambios hormonales, el embarazo, el uso de anticonceptivos y la menopausia favorecen la acumulación de grasa corporal. A ello se suman la doble carga laboral y doméstica, la falta de tiempo para el autocuidado y la presión estética, que genera ansiedad y lleva a priorizar la alimentación del grupo familiar por sobre la propia.
Combatir la obesidad requiere cambios sostenidos en los hábitos y la alimentación. Supone cuidar el peso, controlar la presión arterial y reducir sodio, azúcares y grasas saturadas. El etiquetado nutricional ayuda a elegir mejor, al igual que limitar el alcohol, manejar el estrés y realizar al menos tres horas semanales de ejercicio.
Una dieta equilibrada incluye cinco porciones diarias de frutas y verduras, legumbres dos veces por semana, carnes magras, lácteos bajos en grasa, pan integral moderado y abundante agua. Evitar los ultraprocesados y snacks calóricos es un paso concreto hacia una mejor salud.
La malnutrición por exceso no es solo una cifra: refleja un estilo de vida que debemos revisar. Si los avances observados en la infancia se mantienen y se extienden a la adultez, Chile podría cambiar la trayectoria de una de sus principales amenazas sanitarias.
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