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No olvidemos al Biobío

Eduardo Quinteros Rodríguez, Director de Desarrollo Estudiantil Universidad Andrés Bello Concepción.

A un mes de los incendios que azotaron parte de la Región del Biobío durante enero pasado y donde más de 20 mil personas resultaron damnificadas, se acabaron los titulares, se fueron las cámaras pero las comunidades afectadas siguen en el mismo sitio.

Durante las primeras dos semanas, la atención mediática y la cobertura política fueron protagonistas, sin embargo, hoy el panorama es desolador, de abandono y con dificultades de ver esperanza. Muchos habitantes de zonas como Penco – Lirquén o Punta de Parra sienten que la voz de sus necesidades no caló como esperaban en la agenda pública.

Sin embargo, la respuesta solidaria del sector privado y de la sociedad civil ha sido un punto luminoso dentro de esta penumbra. Iniciativas que han reunido más de 40 toneladas de alimentos e insumos para familias afectadas, así como proyectos de apoyo para la reconstrucción de viviendas y ayuda directa en terreno, muestran ese lado solidario y resiliente que caracteriza a nuestra gente donde muchas manos se alzaron para tender un puente de humanidad.

Reconocidas instituciones como Techo, Desafío Levantemos Chile, y Universidades como en nuestro caso la Universidad Andrés Bello, han intentado seguir acompañando a las comunidades durante todo este tiempo. Este despliegue no solo ha ayudado a sobrellevar este tiempo a quienes perdieron todo, sino que ha revitalizado el tejido social en tiempos de dolor.

No obstante, no podemos olvidar que la emergencia no terminó con las llamas. Las secuelas en la salud mental de las familias, incluyendo niños y jóvenes que han visto su mundo reducido a cenizas, son profundas. Muchos estudiantes enfrentan hoy el retorno a clases escolares y universitarias con ansiedad, tristeza y falta de estabilidad. El proceso de reconstrucción emocional y educativa exige acompañamiento profesional y recursos que van más allá de un gesto de buena voluntad. Los apoyos en materia de salud mental deben estar a la altura de este desafío con un abordaje amplio, prioritario y profesional, con prioridad en el apoyo al retorno a las actividades académicas de nuestro niños y jóvenes en formación.

Es imperativo que la solidaridad voluntaria continúe, impulsada por la empatía y el compromiso ciudadano. Pero igualmente urgente es que el apoyo público estatal se traduzca en recursos suficientes para la reconstrucción, el acceso a servicios de apoyo psicosocial y la recuperación de la normalidad educativa y laboral. Que la tragedia del Biobío nos enseñe no solo a apoyar en el momento, sino a sostener ese apoyo con visión y compromiso a mediano y largo plazo. Solo así podremos avanzar, con esperanza y justicia, hacia la reconstrucción de lo que el fuego nos arrebató como región.

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