Directora Carrera Odontología
Universidad Andrés Bello, Concepción
Cuando pensamos en Alzheimer, inmediatamente lo asociamos a un problema que restringe al cerebro y su funcionamiento. Rara vez pensamos en encías. Sin embargo, hoy existe evidencia creciente de que la salud bucal —en especial la enfermedad periodontal— se relaciona con el deterioro cognitivo y podría influir en el riesgo o la progresión de la demencia. Decir “relación” no significa “causa” automática, pero sí es una señal suficientemente seria como para que dejemos de tratar la boca como si estuviera desconectada del resto del cuerpo.
En Chile, el Alzheimer es la causa más frecuente de demencia (se estima que representa una mayoría de los casos). En cifras, el Ministerio de Salud ha difundido estimaciones cercanas a 200 mil personas con demencia en el país (por ejemplo, una estimación de 199.511 personas de 60+). En los últimos cinco años, se observa es una tendencia sostenida al alza por envejecimiento poblacional, lo que ha impulsado nuevas discusiones y planificación pública.
La periodontitis es una infección crónica que inflama y destruye el hueso que soporta a los dientes, y que de perpetuarse puede difundir este estado inflamatorio al resto del organismo. Esto hace que se aumenten marcadores inflamatorios en sangre y favorecer procesos que, a largo plazo, impactan la salud vascular y cerebral. Además, algunos estudios exploran el rol de bacterias periodontales (como Porphyromonas gingivalis) y sus toxinas, que podrían contribuir a neuroinflamación y cambios asociados a Alzheimer. Estos descubrimientos son aún considerados como procesos hipotéticos con plausibilidad biológica, pero el vínculo causal definitivo todavía se investiga.
A todo esto, se suma otro factor no menos importante: la pérdida dentaria. Si bien la extracción dental puede deberse a múltiples causas, y en muchos casos suele ser la secuela de años de enfermedad periodontal no tratada, múltiples investigaciones han encontrado que, a mayor pérdida de dientes, existe mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia. Los mecanismos posibles van desde la inflamación persistente hasta la alteración de la masticación, que influyen debido a la alteración de la función neuromuscular, con impacto nutricional y funcional.
La conclusión práctica es simple: la prevención oral también es prevención de salud general. Cepillado efectivo, limpieza interdental, control profesional periódico, tratamiento de encías cuando hay sangrado, movilidad o mal aliento persistente, y rehabilitar oportunamente la pérdida dentaria no son “cosmética”: son decisiones de salud. Y, frente a una enfermedad devastadora como el Alzheimer, toda estrategia preventiva razonable —incluida la periodontal— merece estar en la conversación.

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