
Dra. Carla Guzmán, Nutricionista – Doctora en Ciencias Médicas Universidad San Sebastián Concepción.
En los últimos años, cada vez más personas declaran “dejar el gluten” como una decisión saludable; sin embargo, desde la nutrición clínica, es necesario distinguir que la dieta sin gluten no es una tendencia, sino un tratamiento específico. En el contexto del Día Internacional del Celíaco, que busca sensibilizar sobre la enfermedad celiaca, es importante señalar que corresponde a una patología crónica, inmunomediada, desencadenada por la ingesta de gluten en personas genéticamente predispuestas, que produce daño a nivel intestinal y se asocia a malabsorción y diversas manifestaciones clínicas. A la fecha, la única terapia eficaz es el tratamiento dieto terapéutico basado en una dieta estricta sin gluten, mantenida de por vida. Este punto no es menor, ya que para quienes tienen diagnóstico confirmado, el gluten no es opcional, es perjudicial.
No obstante, lo anterior, existen mitos relacionados con dicho tratamiento, y el primero de ellos es que “la dieta sin gluten es más saludable para todos”; pero la evidencia es consistente en señalar que no existen beneficios comprobados de eliminar el gluten en personas sanas; de hecho, eliminar el gluten puede reducir el consumo de granos integrales y fibra, que son nutrientes asociados a protección cardiovascular.
El segundo mito común es pensar que “comer sin gluten ayuda a bajar de peso”, lo que tampoco es cierto, ya que la reducción de peso observada en algunos casos responde más bien a cambios globales de la alimentación, como menor consumo de ultra procesados, que a la ausencia de gluten en sí. La evidencia demuestra que una dieta sin gluten no es una estrategia eficaz para adelgazar, ni mejora el rendimiento Psico en personas sanas.
Lo mitos descritos anteriormente representan una realidad preocupante, ya que iniciar una dieta sin gluten sin evaluación médico-nutricional puede, incluso, dificultar el diagnós8co posterior de enfermedad celiaca, ya que altera los marcadores clínicos y serológicos. Además, no está exenta de riesgos nutricionales, tales como menor contenido de fibra y mayor proporción de grasas y sodio. El auge del mercado “sin gluten” ha sido impulsado, en gran parte, por personas sin diagnóstico que perciben esta dieta como más saludable.
Paradójicamente, esto puede generar confusión, banalizar la enfermedad y aumentar los costos y riesgos para quienes realmente dependen de una alimentación estricta y segura. En síntesis, la dieta sin gluten es una intervención terapéutica indispensable en contextos clínicos específicos, pero no una estrategia universal de salud. Promover su uso indiscriminado no solo carece de evidencia, sino que puede tener consecuencias negativas. En nutrición, como en medicina, el diagnóstico precede al tratamiento. Y en el caso del gluten, esa premisa no admite excepciones.
